No veas tú el miedo que tenía yo de quedarme en suelo británico con los hijos de la Gran Bretaña. La verdad es que por más que “cojas” aviones tengo la sensación que nunca se deja de tener miedo a perderlos o a aparecer, de manera surrealista, montado en uno que no sea el correcto.
En esta ocasión mi miedo absurdo (o no) era el de no ser capaz de enlazar bien en el aeropuerto de Heathrow y perder mi vuelo a Auckland. ¿Tú te imaginas?
Pierdo el vuelo de esta forma y yo creo que opto por ocultárselo a todo el mundo.
Imagino que me quedo, muy a mi desgracia, en la ciudad de Londres y busco trabajo de friegaplatos en cualquier hotel o garito que se preste a tenerme como medioesclava hasta que consiga reunir el dinero suficiente para, de un lado, conseguir un billete que me lleve a Auckland antes de que Marc se presente allí y, de otro, reunir las pelas de la beca que el Ministerio me dió y que tendría que devolver por no hacer el puñetero curso de inglés que contraté. Sobre la supervivencia en esta ciudad mejor ni hablamos...¡Tendría que ser una “homeless” (persona sin hogar, en cristiano) durante seis semanas! Mi comunicación con Marc y parientes sería siempre falseada. Colgaría fotos de Nueva Zelanda halladas en internet y “photoshopeadas” a lo cutre con mi imagen lejana incrustada en el paisaje. Pasaría mi tiempo penosamente hasta que, finalmente y de manera milagrosa, lograría reunir el dinero necesario para llegar a Auckland y encontrarme con Marc que, extrañado, apreciaría que mi tono de piel es incluso más blanco de lo normal y que mi acento, en el mejor de los casos, suena muy distinto al esperado o peor sigo sin tener ni puta idea...
Miro la puerta de embarque número 50, ante mis narices, y siento un alivio que ni os imagináis.
Próxima parada: Los Ángeles.
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