Ayer me arrastré hasta el hall de mi edificio a las 9:30 para despedirme de ella. Y digo me arrastré porque este fin de semana me lo he pasado más de parranda de lo que yo me había propuesto. Y ésto me pasa porque me lían, me lían, me lían...
El viernes fuimos a cenar a un japonés y nos pusimos las botas. Estaba todo buenísimo y a un precio más que apañadito. Como soy una niña-melón no me llevé la cámara y no tengo documento que lo acredite pero creedme. ¡Haced el favor!
Después nos fuimos a tomar unas cervezas y a acabar de confirmar que el sentido musical de este país es inexistente.
Para empezar nos metimos en un garito supuestamente interesante donde no había ni Jesucristo. Bueno miento, Jesucristo no estaba pero sí unos cuantos chinos bailando una música del carajo a lo tortuga ninja. No me pidáis más explicaciones que no las tengo. ¿Será cosa del Kung-fu?

Allí Laura y yo, con ese percal de diversión marcial, empezamos a hablar sobre la supuesta edad de Maria Carey para acabar con el temazo "¿Qué edad tiene María Jiménez?". Tema que aún no he verificado y que nos ha tenido de cachondeo absurdo todo el fin de semana.

Cosas de estar en un bareto con música lamentable y con Bruce Lee bailando como una tortuga ninja. Digo yo...
Después (osea diez minutos después) abandonamos a los chinos y nos fuimos a un sitio que yo ya conocía para ver si veíamos a una gente. El sitio en cuestión era el bareto en el que me cascaron la Macarena y el Aserejé, entre otras perlas.
Laura y yo llegamos a ese punto en el que ignoras la música que te ponen y bailas a tu rollo. Especialmente triunfó el estilo María Jiménez por la coña que nos traíamos con lo de su edad y con lo grande que es esta artista. Todo bastante absurdo, lo sé, pero nos echamos unas risas que no veas.
Al día siguiente mi propósito de levantarme pronto para leer el periódico y tomarme un chocolate como una señora resultó un fracaso y acabé tomándome mi desayuno a la hora en que aquí la gente acaba de comer. Como una señora pero más tarde que la hostia.
Después estuve caminando un buen rato y me encontré una tienda de lo más surrealista. Se trataba, amigos míos, de una tienda de productos y folklore militar. ¡Una absoluta locura! Ya le he dicho a Laura que tenemos que ir allí para echarnos unas fotos con todos esos cascos del demonio y, a ser posible también, con una de esas mantas de camuflaje. De esas que te hacen parecer la criatura del pantano o algo peor. Igualitas que éstas:
No me digáis que no tienen rollo para largo.
Después me encontré con una peluquería donde en su cartel ponía "Bienvenidos". Como yo soy así, entré en la peluquería y pregunté por el porqué del tema. La propietaria resultó ser una peruana que llevaba casi veinte años viviendo en Nueva Zelanda. Total que me pasé casi una hora hablando con la mujer sobre el país y sobre otras cosas que me dejaron a cuadros. Más tarde os explicaré la conversación con la peluquera peruana porque no tiene desperdicio.
De noche el plan era ir al piso de Pedro para echar unas cervezas. Mi propósito era tomarme dos cervezas y evadir a todos los alemanes allí presentes. El segundo de los propósitos casi lo cumplo pero no así el primero porque acabé llegando a mi zulo a las cinco de la mañana después de echar unos bailoteos a lo María Jiménez en un lugar donde la música era una cacarruta enorme.
El Domingo me lo pasé practicamente durmiendo.
Lo más destacable del día fue la despedida de la buena de Cristina y la cena que Laura y yo nos preparamos en mi zulo. Unas señoras hamburguesas que ni los obispos se las saltan.
¡Y ésto es todo amigos!
El viernes fuimos a cenar a un japonés y nos pusimos las botas. Estaba todo buenísimo y a un precio más que apañadito. Como soy una niña-melón no me llevé la cámara y no tengo documento que lo acredite pero creedme. ¡Haced el favor!
Después nos fuimos a tomar unas cervezas y a acabar de confirmar que el sentido musical de este país es inexistente.
Para empezar nos metimos en un garito supuestamente interesante donde no había ni Jesucristo. Bueno miento, Jesucristo no estaba pero sí unos cuantos chinos bailando una música del carajo a lo tortuga ninja. No me pidáis más explicaciones que no las tengo. ¿Será cosa del Kung-fu?

Allí Laura y yo, con ese percal de diversión marcial, empezamos a hablar sobre la supuesta edad de Maria Carey para acabar con el temazo "¿Qué edad tiene María Jiménez?". Tema que aún no he verificado y que nos ha tenido de cachondeo absurdo todo el fin de semana.

Cosas de estar en un bareto con música lamentable y con Bruce Lee bailando como una tortuga ninja. Digo yo...
Después (osea diez minutos después) abandonamos a los chinos y nos fuimos a un sitio que yo ya conocía para ver si veíamos a una gente. El sitio en cuestión era el bareto en el que me cascaron la Macarena y el Aserejé, entre otras perlas.
Laura y yo llegamos a ese punto en el que ignoras la música que te ponen y bailas a tu rollo. Especialmente triunfó el estilo María Jiménez por la coña que nos traíamos con lo de su edad y con lo grande que es esta artista. Todo bastante absurdo, lo sé, pero nos echamos unas risas que no veas.
Al día siguiente mi propósito de levantarme pronto para leer el periódico y tomarme un chocolate como una señora resultó un fracaso y acabé tomándome mi desayuno a la hora en que aquí la gente acaba de comer. Como una señora pero más tarde que la hostia.
Después estuve caminando un buen rato y me encontré una tienda de lo más surrealista. Se trataba, amigos míos, de una tienda de productos y folklore militar. ¡Una absoluta locura! Ya le he dicho a Laura que tenemos que ir allí para echarnos unas fotos con todos esos cascos del demonio y, a ser posible también, con una de esas mantas de camuflaje. De esas que te hacen parecer la criatura del pantano o algo peor. Igualitas que éstas:
No me digáis que no tienen rollo para largo.Después me encontré con una peluquería donde en su cartel ponía "Bienvenidos". Como yo soy así, entré en la peluquería y pregunté por el porqué del tema. La propietaria resultó ser una peruana que llevaba casi veinte años viviendo en Nueva Zelanda. Total que me pasé casi una hora hablando con la mujer sobre el país y sobre otras cosas que me dejaron a cuadros. Más tarde os explicaré la conversación con la peluquera peruana porque no tiene desperdicio.
De noche el plan era ir al piso de Pedro para echar unas cervezas. Mi propósito era tomarme dos cervezas y evadir a todos los alemanes allí presentes. El segundo de los propósitos casi lo cumplo pero no así el primero porque acabé llegando a mi zulo a las cinco de la mañana después de echar unos bailoteos a lo María Jiménez en un lugar donde la música era una cacarruta enorme.
El Domingo me lo pasé practicamente durmiendo.
Lo más destacable del día fue la despedida de la buena de Cristina y la cena que Laura y yo nos preparamos en mi zulo. Unas señoras hamburguesas que ni los obispos se las saltan.
¡Y ésto es todo amigos!
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