martes, 19 de noviembre de 2013

El misterioso caso de las hormonas malditas...

Lo de las hormonas es un misterio y de los gordos. Si usted es hombre este misterio, seguramente, se la sudará soberanamente. Pero si usted es hombre y vive con una mujer, posiblemente, este misterio le parecerá aún mayor que el del Santo Grial. 

Mi relación con mis hormonas ha sido siempre bastante pacífica. Mis menstruaciones siempre fueron regulares, breves y, sobretodo, indoloras. El chollo de las reglas, vamos. Nada que ver con esos episodios menstruales donde la regla maldita secuestra a tu novia o a tu amiga y te la convierte en Lucifer. Nada de eso. Bueno, eso creo yo, claro...

Sea como sea, como mujer, una puede hacerse preguntas insospechadas sobre las hormonas sin saberlo.

Un día te cruzas con Paca la del Kiosko y una conversación banal te pertuba tu existencia. Paca está en la sesentena y te confiesa, así a las bravas, que no para de sudar. Y así le pasa aunque estemos en febrero y haga un frío de tres pares. Paca es de esas mujeres recias que habla dando manotazos y cuando se despide te da un meneo que te parte. Se aleja de ti con su abanico y tú te preguntas cómo puede ir con falda y sin medias a 3ºC. 

¿Cuando llegue a la edad de Paca me convertiré en una central térmica andante?¿Pesaré 50 kilos de más?¿Llevaré abanico con motivos floreados y blonda dorada?

Tantas son las preguntas que una se formula que, a medida que pasan los años, empiezas a tratar a las hormonas con mayor respeto. Respeto, sí.

En mi caso, con mis últimos episodios frustrados de maternidad me he dado cuenta de que las hormonas son mucho más importantes de lo que nunca antes había pensado. Intervienen en silencio en nuestro equilibrio emocional y en lo que consideramos nuestro yo. Crean y modifican nuestro yo permanentemente y ahora lamento mucho haber infravalorado su poder en algunas ocasiones. Ocasiones como cuando alguna persona cercana estaba muy deprimida y yo, ingenua estúpida, recomendaba hacer algo como si una persona pudiera separarse de su mente y mandar sobre ella misma. Así de fácil. Así de simple.

Las cosas, claro, nunca son tan fáciles ni tan simples y si una persona tiene depresión es muy probable que su cuerpo no encuentre la fuerza para hacer nada. Es muy posible que la persona sea consciente de lo que pasa y que sepa que debe hacer algo para sentirse mejor pero, precisamente, hacer algo puede llegar a ser imposible. Intentar hacerlo es fundamental pero, aún así, tus hormonas y toda la química implicada van por libre. Tienen su proceso y el hacer algo es útil sólo para sobrellevarlo. Nunca para evitarlo.

Estas semanas me he sentido como en una montaña rusa. Subiendo y bajando a lo loco y sin poder controlarlo. Pero nada divertido. 

Un día recuerdo explicarle a Mi Hombre lo siguiente:

"Mira Mi Hombre, yo ahora mismo siento mi cuerpo como si fuera un submarino soviético destartalado con tripulación española...Me imagino algo así como que, en lo más profundo del pacífico, el montón de chatarra se pone en alerta. Todo los pasillos se vuelven oscuros y en ellos tintinean luces rojas de emergencia. De repente se oye: ¡¡¡Insuflen presión al reactooor!!! y acto seguido se oye....Manoloooooooo que te has pasaooooooo....Y por culpa del Manolo de los cojones la presión se pasa tres pueblos y a mí me da un soponcio..."

Por la cara que Mi Hombre me puso, no sé si ésto se entiende un carajo pero por intentarlo que no quede. 

 "¡¡Manolo!! ¡Tus muertos toós!"

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