viernes, 27 de septiembre de 2013

Creta

Estas inesperadas vacaciones nos han llevado hasta Creta y allí nos hemos perdido durante dos buenas semanas.

Hace unos añitos estuvimos en Grecia  pero entonces visitamos la Grecia continental. Esa gran desconocida que poco tiene que ver con las típicas imágenes helénicas de casitas blancas y cúpulas azules sobre un mar turquesa de fondo. Esas típicas imágenes que, digo yo, corresponden a Santorini o Mikonos y que, confieso, no he visitado en mi vida. Esas imágenes que, seguramente sospecho, se deben dinamitar visitando, precisamente, Mikonos y Santorini cuando descubres que allí esas bucólicas imágenenes de calles solitarias han sido substituidas por hordas de turistas y por una banda sonora de los últimos éxitos del verano  más pornomacarra que algún descerebrado haya ideado, supuestamente, para bailar. 

Allí seguramente es imposible echar una foto típica griega. Esa foto con esa puerta azul preciosa enmarcada por una pared blanca immaculada y con una auténtica octogenaria griega vestida de negro mientras sentada, como lo hiciera ya su tatarabuela, fabrica zapatillas de esparto que venderá después en la plaza. La señora tiene a sus pies, además de las zapatillas de esparto tradicionales, un gato rubio dormido placidamente. Un gato precioso que contrasta de manera perfecta con el blanco de la pared, el azul de la puerta y el negro del atuendo de la anciana. Anciana que, para rematar, nos sonríe como si nos invitara a comer sardinas en su casa. Esas sardinas tradicionales que ya hiciera también su tatarabuela y que sigue haciendo en su cocina. Cocina que está dentro de la susodicha casita blanca por la que se accede a través de la puerta azul maravillosa...¡Pues bien! Seguramente la señora tejedora en el Santorini real se ha mudado o ha dejado de tejer zapatillas de esparto porque es un verdadero coñazo. O claro está, quizá usted tiene la megasuerte de topar con la última tejedora de zapatillas de esparto, con la puerta y con el gato rubio (con todo el pack). Lo malo en este caso es que también se encontrará con las hordas de turistas y con la música pornomacarra de fondo. La música, por suerte, no saldrá en la foto pero sí lo hará el italiano hortera con pelo engominado saludando a la cámara. La estampa, no lo dude, no será igual que la postal que le mandó su prima cuando visitó Santorini y le contaba lo maja que era la anciana tejedora en cuestión. No se lo tome mal. Su prima es una cachonda y usted un poco ingenuo...

¡Pero a lo que iba! Nosotros hemos estado en Creta y, resumiendo muchísimo, hemos perreado y comido calamares. Plan simple donde los haya pero reconfortante como pocos. 

Debo decir que venimos absolutamente renovados pero también debo decir que, en mi opinión, Creta está un poco sobrevalorada. Nunca he estado en ninguna de las islas españolas pero sospecho que no tienen nada que envidiar de Creta. Es más, la Costa Brava, ahora que no me oye ningún cretense (que no cretino), le da 300 patadas a Creta.

Al margen de esta crítica, un tanto rastrera, lo mejor de allí es ese viaje en el tiempo a lo que seguramente fue la España de los años sesenta. Allí aún reina la cultura compadre y es muy normal que la gente deje el coche en quinta fila o que el autobús se detenga en plena curva para que un paisano baje a su huerto. Por otro lado lo del idioma me encanta. Me encanta el sonido del griego y ese exotismo, claro está, no lo tendría en Port de la Selva. En Port de la Selva también me ponen una tapa de calamares cojonuda pero entiendo perfectamente lo que dice el tipo de la mesa contigüa. Alguien que, por ejemplo, habla de lo buena que está Scarlett Johanson y de otras apreciaciones que, mientras mastico mis calamares, me interesan lo más mínimo...

Pero si usted lector tiene ganas de ir a Creta, vaya usted tranquilo que los calamares están muy buenos y el pulpo a la brasa ni le cuento.

 

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