La Cachorra ya ha cumplido su primera semana en la guardería y estamos en eso que se llama la adaptación.
Lo de la adaptación no es más que el tiempo que un crío necesita para familiarizarse con el nuevo lugar y sobretodo con sus cuidadoras. O dicho de otro modo, el tiempo que un crío necesita para quedarse de buena gana en la guardería o, cuanto menos, sin berrear desconsoladamente. Este proceso es distinto y variable en su duración en función del niño y sus circunstancias. Elemental, querido Watson.
Según nos dijeron, lo que como padres debemos hacer estos días es, una vez llegamos al aula, estar un rato con nuestro cachorro y, tras tiempo prudencial, despedirnos y salir de la clase sin cambiar de opinión aunque nuestro cachorro no comparta la decisión y llore desesperadamente al vernos marchar. Ésto, que dicho así parece una chorrada, es un tanto difícil incluso para una madre que no tenga el Pantoja Power. Teníamos que enfrentarnos a la separación y hacerlo sin que me saliera un peinetón Pantojil de palmo.
El primer día me quedé con ella en la clase alrededor de una hora. La Cachorra estaba de lo más entretenida jugando con los coches y el parquing. Bueno, la verdad que lo que hacía, más que jugar, era acumular los cochecillos cual tesoro valiosísimo y no dejar que ningún otro crío los tocara. Viendo que parecía entretenida en tal menester decidí despedirme de ella y dejarla, por primera vez, a su suerte. Le di unos besitos, le dije adiós y ahí siguió ella protegiendo su particular parque móvil. Ni lloró ni dijo nada. Cerré la puerta con una sensación extraña y me fui a tomar un café a pocos metros de la guardería con Mi Hombre, que aquella mañana tenía chequeo médico y ya se despidió antes de La Cachorra con el mismo resultado.
Según nos dijeron, en caso de que un crío llore mucho rato siempre se llama a los padres para que lo recojan y allí estuvimos, con nuestro café, esperando dicha llamada. La llamada, efectivamente, se produjo pero no al cabo de un cuarto de hora sino de más de una hora. Regresamos a la guardería y allí nos encontramos a La Cachorra aferrada a una de las verjas del recinto como si fuera una presidiaria. Ahí sí que lloraba y cuando nos vió vino corriendo como una flecha.
La cuidadora nos dijo que la cosa había ido bien aunque La Cachorra mordió a su ayudante, Nichole...¡Tierra trágame! La buena mujer nos dijo que no pasaba nada, que era normal y que, en cualquier caso, había ido bien. Cuanto menos no hubo más heridos.
Al día siguiente dejamos a La Cachorra y lo hicimos tras sólo unos minutos. Aquí la cosa cambió y al momento se puso a llorar. Nos fuimos sin mirar atrás y con un mal rollete en el cuerpo importante. Convencidos de recibir una llamada a los 20 minutos, decidimos ir a hacer un cafe rápido para estar preparados para el regreso. A los 20 minutos se produjo la llamada pero, milagrosamente, nos dijeron que La Cachorra estaba bien y que se le había pasado. La recogimos al cabo de un par de horas y nos la encontramos de la mano de la mujer que el día antes fue mordida, Nichole. Nos disculpamos mil veces más y la mujer, muy amable, nos dijo que el episodio de las mandíbulas era agua pasada y que La Cachorra ya la aceptaba. En fin...
La semana ha acabado sin más episodios caníbales aunque La Cachorra llora cuando nos vamos. El reencuentro es siempre curiosos porque no sabes cómo te la vas a encontrar. El jueves nos la encontramos correteando por el parque feliz y el viernes en el pasillo de su clase esperando a que le pusieran sus zapatillas con la cara llena de churretones. Cositas que pasan y que me tienen preocupada, la verdad.
Continuará...

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