Hace un par de semanas nos fuimos hasta Helsinki para visitar a Nuria. El viaje fue relámpago pero mereció la pena. La capital finlandesa olía a primavera y tuvimos la suerte de disfrutar de los días más cálidos del año hasta el momento. El termómetro, atención, superó los 15º C y nos hizo un solete que bien valía un imperio. ¡Pero si hasta nos tomamos un plato de pescadito frito en el puerto! Como os lo cuento. Pescadito frito en Helsinki. Por lo visto, sólo tres semanas antes, las calles seguían cubiertas de nieve y hacía un frío que crujía.
Con las nuevas horas de luz solar los pajarillos y las flores estaban de frenesí primaveral. No anochecía totalmente hasta las 11 de la noche y amanecía (que no es poco) antes de las 5 de la mañana. De cortinas, los finlandeses no gastan, así que imagino que con esos golpes de luz te tienes que volver mediotarumba. Seas persona, pajarillo o florecilla urbana. Pero ésto ya es una divagación que no lleva a ningún lado...
Nos lo pasamos muy bien y tengo recuerdos de esos absurdos que no quiero perder. No quiero olvidar que en Finlandia el euro es la moneda circulante. Y no quiero olvidar que lo descubrimos, con cara de poker, en el mismísimo aeropuerto. Tampoco quiero olvidar que los bebés fineses llevan unos monos de invierno atómicos. Son como unos monos anorak-chubasquero. Vimos a un bebé vestido de esa guisa puliendo el suelo del aeropuerto con su gateo. Tampoco quiero olvidar el taller de litografía de la universidad de artes aplicadas. Ni la llave mágica de Nuria. Ni al finlandés cuadrado y enorme paseando su gato cual chihuahua. Ni la zona de humedales. Ni los pájaros que emitían ruidos igualitos a los disparos de cámara reflex. Ni la isla de Suomenlinna ni su empedrado anticarros de bebé de pacotilla como el nuestro. Ni la boda que allí vimos ni los taconazos de la novia para caminar con destreza por aquel lugar. Tampoco quiero olvidar el plato de pescadito rebozado en el puerto. Ni al hombre chino que se hizo una foto con Marc. Ni a las grajillas que surcan el cielo de la ciudad. Ni a los rusos borrachos a las 4 de la tarde. Ni las campañas antialcohol de los tranvías. Ni el silencio de sus gentes. Ni como Jone lo destrozaba con sus hipogritos. Ni al conductor con cresta de uno de los tramvías. Ni las paradas de fresas llegadas desde Lepe. Ni el cafe latte buenísimo que nos tomamos. Ni a Jone paseándose durante casi una hora con el verdulero del apartamento de Nuria. Ni el balancín para "adultos" de los parques. Ni las máquinas tragaperras al salir del supermercado. Ni las terrazas acristaladas de los nuevos edificios. Ni el desayuno que nos tomamos con vistas a un lago estupendo. Ni los pasteles de canela, patata y arroz. Ni el frankfurt sin pan. Ni el pan con mantequilla. Ni la vuelta de locura a Ginebra que nos dió Jone. Ni al pobre hombre francés que estuvo sentado a nuestra vuelta en el avión. Ni la lluvia de galletas saladas que me cayó en pleno avión. Ni al chico coreano sentado justo delante de nosotros. Ni el ataque de risa que tuve en la parada de bus, ya en Ginebra, recordándolo todo.
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