domingo, 25 de marzo de 2012

En el dentista.

La dentista era una chica muy agradable. Rubia, alta y de dentadura, como no podía ser de otra manera, immaculada. Revisó mis dientes y, tras un par de radiografías, determinó que los daños ascendían a tres pequeñas caries. Tampoco tan grave, al fin y al cabo, pero suficiente para no poder librarme de una anestesia local con pinchazo incluido. Para mi suerte, la muchacha fue muy profesional y no me hizo mucho daño. Con una sonrisa, me dijo que debíamos esperar diez minutos y allí me quedé, estirada en la silla de tortura blanca impoluta con todo el arsenal metálico dispuesto antes mis narices. Juro que tuve que hacer muchos esfuerzos para no tocar aquellos cachibaches. Esa espera duró lo suficiente para tener pensamientos de lo más variado. Estirada, observaba mis zapatos pensando que una limpieza tampoco les vendría nada mal. "Claro, con La Cachorra arriba y abajo, una va más dejada..." Miraba el arsenal de tortura y me fascinaba especialmente una especie de herramienta que, por su forma puntiaguda y colores, tenía que servir para determinar la profundidad de las caries. Estaba decorada con franjas de colores de tal forma que, imaginaba yo, el dentista podría saber cuan profunda era la "gruta dentaria" en función del color que quedase descubierto. Y decir algo así como: "¡Oh, cielos!¡ Es de tipo amarillo plátano!" o "¡Bueno, sólo es una caqui oscura! También me pareció fascinante el pequeño espejo que usan para mirar todos los recovecos de la boca en busca de grutas y boquetes molares. Me incorporé en un par de ocasiones hasta plantar bien, bien mis narices a pocos centímetros del mismo. Me miré en él y sonreí varias veces cual yegua de granja para comprobar la blancura mejorable de mi dentado. "Quizá debería blanqueármelos...¿Pero acaso son de verdad las dentaduras megablanquísimas de las actrices?" Me detuve un momento escuchando el sonido del taladro característico de los dentistas. Alguien desconocido en la sala de al lado iba a albergar en su boca una nueva estación de metro. Me reí un poco. Lo justo hasta caer en la cuenta de que otra estación de metro se iba a construir también en la mía en poco tiempo. Mi cara hormigueaba cada vez más. Me la tocaba una y otra vez. Empezaba a sentirla como si no fuera mía y como si mis mofletes llegaran a tres palmos de mis narices. Oí a La Cachorra balbucear en la sala de espera. Mai Hombre estaba con ella. Algunas asistentes en batas blancas correteaban por los pasillos. El taladro seguía sonando. Mi cara ya tenía el mismo tacto que la suela de un zapato. Miré un momento por la ventana de la habitación. El sol empezaba a ponerse. De repente, entre el taladro y el corretear de las asitentes, siento el hilo musical de la clínica dental. Sonaba muy suave. Sólo en ese momento lo descubrí. Sonaba un tema de los hermanos Coors. Vuelvo a la ventana escuchando, ahora mejor, la canción. Esa canción sonaba a menudo en el coche de mi ex. Por un momento me transporto a esos años y a esa banda sonora. "Qué cosas..." Pienso en eso del paso del tiempo. Me fascina entonces verme en esa silla blanca con la cara a tres palmos de mis narices. Pienso que quien me iba a decir entonces que estaría en el dentista en Ginebra con Mi Hombre en la sala de espera junto a nuestra hija. Me siento muy bien recreándome en ese pensamiento hasta que llega mi chica rubia. La nueva estación de metro no podía esperar más. Ya estaba lista.

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